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4
Feb

Atreverse a equivocarse

mafalda

Solo los niños y los borrachos dicen la verdad. ¿Quién no ha oído esta expresión? Quizás sea porque ninguno de los dos tiene miedo a equivocarse. Uno por su temprana edad y otro por el efecto del alcohol que le desinhibe. Así que si estamos cerca de ellos, siempre es más recomendable que sea en compañía de los primeros, tendremos las frases más ingeniosas y naturales, aunque se trate solo de un dibujo como en el caso de Mafalda.

Una de las pequeñas historias que Eduardo Galeano relata dentro de su obra El libro de los abrazos cuenta cómo un niño se le acercó para mostrarle el reloj que llevaba dibujado en su muñeca. Cuando le preguntó el escritor uruguayo si andaba bien el renacuajo le respondió “Atrasa un poco”. Igualmente sir Ken Robinson, experto en educación y creatividad, se refiere en sus conferencias a la historia de una niña de seis años que estaba un día dibujando en clase. Cuando su profesor se acercó para preguntarle que dibujaba ella le contestó “La cara de Dios”. “Nadie sabe cómo es”- respondió el profesor con extrañeza- “Mejor – dijo ella sin dejar de dibujar- ahora lo sabrán”.

Los niños se arriesgan. No tienen miedo a equivocarse. Pero ellos no saben aún que si no estás dispuesto a equivocarte nunca saldrás con nada original. Cuando lo saben es demasiado tarde porque ya son adultos y la mayoría de ellos perdieron esa capacidad con la madurez adquiriendo por contra el miedo a equivocarse. Sostiene Robinson que todos los niños tienen tremendos talentos y los malgastamos implacablemente con la educación actual. En este ámbito la creatividad es tan importante como la alfabetización. Y el resultado para Robinson es que estamos eliminado la creatividad con la educación. Algo que ocurre incluso en los centros más caros y elitistas.

Es algo que explica William Deresiewicz en su obra Excellent Sheeps. En su investigación, previa a la elaboración del libro, entrevistó a numerosos licenciados de los más prestigiosos centros educativos universitarios. En ella concluía que el resultado de una formación de tanta calidad era la producción de lo que llamaba borregos excelentes, que lo eran porque cumplían todos los requisitos para entrar en una facultad de la élite pero que se trataba de una excelencia muy limitada. Porque “harán todo aquello que les mandes sin saber muy bien por qué lo hacen.” Por miedo a equivocarse seguirán el camino marcado.

No solo ocurre esto en el ámbito formativo sino también en el laboral durante el transcurso del trabajo diario. Sucede hasta en los sitios, como las agencias de publicidad, donde la creatividad debería ser un signo de excelencia. Allí ya no se arriesga y los creativos se sienten como funcionarios tal como explica este artículo de playground.

Cuando somos jóvenes tenemos miedo a equivocarnos porque aún nos queda mucho por demostrar. Y cuando adquirimos la madurez profesional, y ya no hay nada que demostrar, hacemos lo mismo por el miedo a perder nuestro prestigio. Pero nos olvidamos que somos humanos y no máquinas, que equivocarnos está en nuestro ADN y que somos seres creativos con talento e inteligencia para fiarnos de él.

Y si nos equivocamos siempre podremos aprender de nuestros errores.

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